Un paseo por la colonia

El “nacionalista” Fernando Clavijo se inclina ante los Reyes de España. Foto: casareal.es

Hace escasamente una semana, los Reyes de España realizaban una visita relámpago a Canarias, territorio ganado para ese Reino, a través de la conquista militar violenta durante casi todo el siglo XV y sometido a un rápido proceso de colonización durante la siguiente centuria, sostenido sobre lo que se ha venido en denominar como el etnocidio de los antiguos canarios y la desaparición física de un elevadísimo porcentaje de la población originaria de las Islas. Los actuales Reyes de España son herederos directos de lo que hizo, promovió y financió una monarquía que ha ostentado el poder, con muy pocas y cortas interrupciones, desde los absolutistas Reyes Católicos hasta la actualidad. Una monarquía, un reino y un Estado que jamás han tenido la humildad o la decencia de pedir perdón por las terribles atrocidades y saqueos cometidos por su institución –tanto aquí como en América- y que, muy al contrario, sigue manteniendo un estatus de dominación colonial que necesita de periódicas puestas en escena para visibilizar y afianzar la relación de vasallaje entre este los habitantes de este País y la Corona española. A la imposición de un modelo económico y político subordinado a los intereses del Estado y de las clases dominantes locales, se suma la ineludible necesidad que tiene España de frenar cualquier avance de la canariedad consciente y proactiva que pueda llegar a poner en peligro, por la asunción colectiva de nuestra identidad nacional, el actual marco de relaciones político-administrativas entre nuestro País y el reino de España. Para ello qué mejor baza que la de escenificar una cálida acogida de los naturales de estas Islas, de la mano de quienes ostentan el poder económico y político en el Archipiélago, al Jefe del Estado y su esposa, herederos de un poder que se retrotrae a aquel violento e imperial siglo XV y que se mantiene gracias a la designación como tal por parte de la más cruel dictadura que ha padecido el Estado español, que asesinó, encarceló y represalió, de muy variadas formas, a miles de personas en Canarias que se oponían a la continuación de la institución monárquica y defendían el sistema republicano. Una institución manchada de sangre que necesita de farándulas mediáticas para ocultar sus orígenes, para desterrar al oscuro cajón del olvido el dolor que sustenta su riqueza y para lavar la imagen de parásitos y saqueadores de dinero público que tan claramente han proyectado en los últimos años, con procesamientos y condenas incluidas a miembros de su Corte.

Una relación de dominación que, a poco que rasquemos un fisquito, se dejó entrever en la visita real española, en las actitudes de sumisión y vasallaje demostradas por los políticos y las élites económicas canarias y en el perfecto atrezo publicitario ofrecido por los medios de comunicación. Una visita que no estuvo exenta de las típicas frivolidades y machangadas que, hábilmente recogidas por supuestos periodistas, se convierten en titulares destacados con los que captar la atención y mostrar la cercanía de la Corona española al pueblo canario. Tanta cercanía que cada montón de años, durante menos de cuarenta y ocho horas, se dejan ver fugazmente y le dan la mano, y hasta firman un autógrafo, a unos pocos aduladores que se acercan a verlos pasar o llegar en un coche blindado y rodeados de guardaespaldas, dispuestos a poner en su sitio a quien no demuestre una actitud de entusiasmo ante la regia visita. Así, la Reina de España “arriesgó”, en titulares de un periódico digital español que se dice progresista, con una trenza en su pelo, o hasta los guacamayos de la Casa de Colón “esperaban expectantes con alguna que otra garridura” (según rezan las crónicas y la propia web de esa institución), al igual que un “espléndido sol tras el rocío de primera hora”, “además de la ciudadanía grancanaria que quería ver de cerca a la pareja real y, si era posible, hasta saludarla”. El sol, los guacamayos y unas escasas doscientas personas, que por arte de la prensa se convierten en la ciudadanía grancanaria, todos emocionados porque venían los Reyes de España.

Y empieza el simbolismo. Son recibidos por el Presidente del Gobierno de Canarias –un autodenominado nacionalista que no desaprovecha oportunidad para escenificar su vasallaje al Rey de España- a las puertas de la Casa de Colón (institución que muestra la historia del imperialismo colonial español en América y la participación de Canarias en esa “gran empresa”) y que, además, fue la antigua Casa del Gobernador –el virrey que organizaba, administraba y garantizaba la fidelidad de las nuevas tierras conquistadas a la Corona de España- tras la “fundación” de la ciudad, hace 540 años. Fue allí donde las autoridades vernáculas pidieron el apoyo de los Reyes españoles a la declaración de Risco Caído y los Espacios Sagrados de Montaña de Gran Canaria para ser declarado Patrimonio Mundial de la Unesco. Obviamente, el máximo representante de la Casa Real española, en un discurso preparado por sus asesores para la ocasión, dejó claro su compromiso con esta propuesta que trata de proteger los valores de una cultura que la propia Corona española de los siglos XV y XVI (de la cual es heredera directa la actual) se aplicó en denigrar, prohibir y destruir, en un claro etnocidio, incuestionable para los arqueólogos e historiadores canarios. Es altamente simbólico que, en un claro acto de subordinación, las autoridades políticas y los gestores de nuestro patrimonio, imploren el apoyo de una institución y un Estado que aniquiló la cultura de los antiguos canarios para poner en valor esa misma cultura. Todo ello, por supuesto y como hizo el régimen franquista con la promoción de las tradiciones y el folklore regional, proyectando un “futuro común” –es decir, formando parte indisoluble de la patria española- y alabando la aportación canaria para que España se sitúe a la vanguardia del conocimiento y la investigación.

Pero los Reyes de España no sólo visitaron la Casa de Colón. Entre otras paradas, entraron en la Universidad de La Laguna, en la que el Jefe del Estado ofreció otro discurso preparado para la ocasión. Allí, según la prensa tinerfeña, el Rey volvió a sorprender por su “campechanía” (una virtud inventada especialmente para los miembros de la Corte española, en la seguridad de que ese adjetivo, mil veces repetido por los mass media, acabará situando en el mismo plano a la gente corriente y al privilegiado Rey y, por lo tanto, garantizando los apoyos populares a esta anacrónica institución) y, sobre todo, volvió a insistir, reiteradamente, en los vínculos que encadenan a Canarias con España y con su monarquía. No perdió ocasión para recalcar que fue un antepasado suyo, que nunca pisó esta tierra, al igual que tantos de sus predecesores, quien creó la Universidad de La Laguna, a través de la firma de un decreto que permitía instaurar la Universidad Literaria de San Fernando, en 1792. O sea, que le estemos agradecidos a la monarquía española por habernos otorgado el permiso real para tener una universidad, un espacio “para progresar y avanzar, pero también para soñar, para trabajar…” (Felipe dixit). Le faltó el añadir, también, un espacio para obedecer y callar. Fue eso lo que pusieron en práctica sus guardaespaldas, los miembros de la Policía Nacional española que sacaron a rastras a ocho estudiantes que se habían encerrado en un aula de la Facultad de Física para protestar por la visita real a la ULL. No interfirieron en los actos, no estaban a la vista de nadie, permanecían encerrados para mostrar su desacuerdo con esa visita. Su delito fue el mostrar públicamente ese rechazo a una monarquía, a una Jefatura del Estado vinculada a derechos dinásticos hereditarios, impuesta por un dictador fascista y mantenida por una democracia bien ajustada a los intereses de las clases dominantes. Por ello fueron agredidos por los “campechanos” policías del “campechano” Rey, tan moderno, tan cercano al pueblo, tan alto y elegante, tan simpático y tan abierto que no duda en ordenar que se utilice la violencia que sea necesaria para “limpiar” las calles por donde pasa y los centros donde discursea de cualquier disidencia hacia su heredado poder. Eso sí, en su despedida de la colonia, entre halagos climáticos, dejó bien claro a quienes vivimos en este País, cuál fue el objetivo último de su visita: afianzar la incuestionable españolidad de Canarias. Se fue soltando tópicos de folleto turístico setentero pero visibilizando, también, la imagen estereotipada que los españoles siguen teniendo de nuestro País: somos seres afortunados porque tenemos playitas y solajero. Así habló: “El clima, el paisaje y las playas de Canarias hacen de estas Islas un lugar excepcional en el mundo, pero lo que realmente las convierte en singulares y afortunadas sois vosotros, los canarios; lo que hace, sin duda que el resto de los españoles se enorgullezcan de teneros como compatriotas”. De las tasas de pobreza (37 %), de paro (26 %), de desigualdad social (el 0,2 % de la población acumula el 80 % de la riqueza), del exilio de nuestros jóvenes, de los salarios, de la precariedad y de la sobreexplotación laboral, de la dependencia exterior y del deterioro ambiental, ya si eso, hablamos otro día.

Creando Canarias

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